El horno recién sacado es siempre un motivo de alegría y orgullo. Todas las piezas lucen un brillo sin igual y pese al riesgo de quemarse por tener entre las manos una de las piezas cuando aún están a unos cien grados, muchas veces el deseo de comprobar el trabajo bien hecho nos hace olvidar esos detalles sin importancia.

(No olvidemos que en la cocción de la cerámica se llega a una temperatura que ronda los 1000 grados centígrados).

Este es el momento, pese a los cientos de hornos que se pueden haber contemplado, hay en ellos algo especial que siempre tienta a coger las piezas en las manos y admirar el acabado final.

El proceso de fabricación de las piezas es seguido siempre tan de cerca por las manos artesanas que a pesar de las piezas que se pueden producir, siempre se tiene la sensación de poder reconocer cualquier pieza que ha pasado por las manos de uno.