Una vez que las piezas se han secado, se cuecen por primera vez en el horno. Para que tengan consistencia es necesario cocerla a una temperatura alta de 1060 ºC  donde según el tipo de arcilla empleada se obtienen diferentes colores sobre los que trabajar. La pieza de arcilla pasa a convertirse en una pieza cerámica, la plasticidad ya es irreversible. Esta pieza cerámica aún no tiene brillo, es lo que se conoce en la jerga del alfar como bizcocho. El siguiente paso es el baño de esmalte para poder ser decorado por los pintores.

Antiguamente el paso de la cocción era un trabajo más costoso ya que no existían los hornos modernos con los que contamos hoy en día. La cocción se llevaba a cabo en los denominados hornos árabes, donde la energía calorífica era aportada por medio de leña y de plantas aromáticas como el romero, tomillo o jara, los cuales se echaban a la caldera del horno que estaba separada de la cavidad donde se colocaban las piezas de arcilla por adobe y ladrillo, la llama surgida de la combustión de los materiales mencionados ascendía por unos huecos entre el ladrillo y adobe denominados "troneras". En esta primera cocción la llama si podía tener contacto directo con las piezas de arcilla, para favorecer la conducción del calor se apilaban las piezas de forma regular y se cubrían con un "casco" en forma de media naranja construido a base de piezas cerámicas rotas denominadas "cascotes" precisamente por conformar parte de este casco.